La importancia de jugar, también en la adultez

En el Día del Niño, aprendemos que el juego no es exclusividad de los niños. Los beneficios del juego nos son conocidos, desde jugar con el bebé hasta entretener a un anciano.

Fue en una Agencia de Publicidad en Buenos Aires en donde, como cliente, debí introducirme en una estrecha casilla rodante estacionada… en su salón! Entendí rápido. Teníamos que jugar. Ser creativos e imaginar respuestas ingeniosas.

En otro caso, como parte de extensión de las oficinas llenas de computadoras encontré una pared de escalada, mesas de ping pong y otros juegos diseminados.

Lo que desapareció rápido, en todos los casos, fue la inhibición conocida de “cómo me voy a poner a jugar!”, o “Yo, de grande, no debería permitirme perder el tiempo en cosas de chicos”.

Sin embargo y por suerte, cada vez son más las posibilidades de encontrarme jugando con familiares, amigos o compañeros, incorporando lo lúdico a lo estrictamente formal.

Mucho tiene que ver la tecnología y la aparición de juegos electrónicos que tienen complejidad para resolverlos hasta para un mayor. Y proponiéndoselo o no, al jugar yo y perder y volver a perder, estoy aprendiendo a gestionar frustraciones y otras emociones.

Además de diluir el stress en forma amena, mis capacidades sociales se perfeccionan al interactuar con otros compañeros de juegos, sean virtuales o presenciales.

Los beneficios del juego nos son conocidos, desde jugar con el bebé hasta entretener con cariño y paciencia jugando con un anciano. Sin embargo existe una etapa, la plenamente productiva -entre 30 y 60 años- en la que me es mucho más difícil encontrar jugadores sanamente apasionados.

Por eso el Coach, acompañando a empresarios y profesionales, indaga más de una vez sobre los motivos que al cliente le impiden jugar. Aún a sabiendas que jugar implica reducir el stress, estimular la creatividad, activar el compañerismo, sonreír, cuando no reír a carcajadas, y con eso generar las endorfinas que busca como “droga de la felicidad”.

Las preguntas del coach conducen generalmente a un mismo terreno: el de lo contradictorio que pareciera ser la responsabilidad laboral o profesional con el ejercicio de la necesaria libertad y espontaneidad para jugar.  De allí nuestro acompañamiento para que el cliente se permita, reconozca por sí  mismo los beneficios de jugar y gane este lúdico motor perdido sólo transitoriamente, ya que generalmente lo justifica en el niño y lo entiende en el geronte.

Enriquecido con el juego, fuente innegable de aprendizaje, que es faro guía de la labor del Coach, el cliente profesional o empresariopuede llegar a permitirse, en plena vida productiva, jugar con la pasión de un niño y sin ninguna culpa ni restricción, como toda vez que el adulto adquiere una práctica positiva.

¿Vamos a jugar? Dale!!!!