Competir no es la única opción en la vida

Se trata de una elección que aún podemos hacer libremente a la hora de establecer el terreno en que desarrollaremos nuestras relaciones. Competir puede ser bueno como estímulo. Nos gratifica el ganar. Pero para ganar a veces importan poco los métodos o cómo queda el contrincante. Además, el perder nos hacer sentir muy mal. Sin embargo, no es irrenunciable vivir en esos extremos. Nuestras conductas actuales se alimentan en fuentes diversas desde nuestra infancia. Allí al principio es donde influyen mucho nuestros padres, nuestra familia más amplia, la escuela, la iglesia, los amigos y todos aquellos que constituyen nuestras relaciones cercanas. Incluida la práctica de deportes y hasta los juegos, interpersonales o en soportes cibernéticos.Y continuamos siempre, adquiriendo, modificando o ratificando pautas. El elemento común en todos los círculos y en todas las edades es la competitividad, constituida como motor de acción en modo casi permanente. Repaso mis recuerdos de la escuela primaria y nuestra medición era siempre, o en la lucha por la bandera, si estabas cerca del ansiado premio, o en ganarle a alguna compañera que nos resultaba un poco soberbia. Ahhhh! Ganamos. Lo mismo pasó en deportes, había que resultar primero. En la familia teníamos que ser el más bueno o el más obediente entre los hermanos... siempre compitiendo. No nos debería resultar extraño que hoy funcionen los mismos comportamientos de competencia a la hora de comparar mi auto con el del vecino, de exhibir como trofeo nuestro mejor ingreso salarial, o hasta de mirar la calidad o tamaño de nuestras casas ganándole a alguien. Y puestos en esas competencias, más de una vez ellas nos instalaron en situaciones tensas, esforzadas o hasta dañinas, preocupados siempre en resultar ganadores. Cuán distinto hubiera sido si nuestras prácticas y hábitos conductuales se hubieran instalado alrededor de otro sistema cualquiera, no tan competitivo. Elijo ilustrarlo con el ballet. O estamos todos bien... o perdemos todos. En un Ballet un coreógrafo ha expresado sus ideas hacia un grupo de bailarines o solistas, junto a música, trajes, decorado y luces. El resultado es premiado con un aplauso, una buena crítica y la continuidad, cuando se logró el objetivo. Pero siempre del grupo. Si uno de ellos se equivoca y falla, desluce todo el espectáculo. Es verdad, por momentos se luce un solista, a lo sumo con su partenaire. Por momentos es el grupo de bailarines. Pero el resultado de todos es el que se premia. Como consecuencia, se apoyan, se cuidan, se quieren, se miman, se ayudan. Más que ciegamente competir. De haber sido semejante nuestra formación, quizás hoy no elegiríamos la competencia para ganar a cualquier precio, y por lo tanto, desearíamos actuar en el escenario antes que en el ring o en el campo de batalla. Se trata de una elección que aún podemos hacer libremente a la hora de establecer el terreno en que desarrollaremos nuestras relaciones. Y la diferencia será notable. Elige y prueba danzar con tu amiga / compañero de trabajo / familiar. Danza junto a, en vez de luchar hasta con armas secretas para ganarle. De seguro al final habrás ganado con la gratificante y distinta relación.